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La fábrica de loza de San Claudio escrita en un grafiti

Me gustan los grafitis. Vitoria está plagada de grafitis en su zona vieja que ilustran lo que era y es la ciudad. En Santander, a lo largo de la cuesta del Atalaya, algunos celebran junto a la ropa tendida el pasar de los días. En Somiedo, los grafitis del colegio nos acercan a la cultura local simbolizada por las cabanas de teito y el oso pardo y nos permiten soñar con encuentros fecundos entre comunidades rurales de juventud somedana y tanzana. En este país africano, las paredes de los colegios muestran la vida local, su geografía y división territorial mediante bellos dibujos realizados a menudo por la propia comunidad educativa. Una amiga ovetense fotografía grafitis en sus viajes que cuelga en sus redes sociales, acercando miradas y lugares nuevos a quienes los contemplamos. Oviedo también tiene bellos grafitis. Me encanta el que colorea una pared cercana al colegio de la Gesta y refleja, a mi juicio, el capitalismo salvaje, con un pez grande que devora a los más pequeños. El mismo capitalismo extremo que el 30 de abril del 2009 aniquiló una de las industrias más prósperas y originales de la periferia de Oviedo, desplazándola hasta una localidad próxima a Casablanca: la fábrica de loza de San Claudio.


Uno de los principales focos industriales de la ciudad cerró sus puertas dando así un portazo a años de bonanza económica, a la producción de una de las lozas más cotizadas y valoradas del país y a la pérdida de cientos de trabajos. El sonido de la sirena que recordaba a diario a la vecindad de la parroquia el cambio de turno se apagó hace ya 11 años.


Este otoño, la movida calle de Martínez Vigil de Oviedo en su cruce con la bifurcación que une con Gascona estrenó un grafiti que muestra la vajilla de la fábrica de San Claudio.





Los grafitis, a mi juicio, no deberían de ser únicamente bellos dibujos, lúcidas ilustraciones que embellecen paredes de ciudades y pueblos dándoles otro aire, nuevos toques modernos que alegran la vida de sus habitantes. Son, además, espacios para el encuentro con aquello que añoramos sin infantilismos, sino más bien como historia pasada reciente necesaria para entender nuestro presente. Un grafiti sobre la loza de San Claudio debería de incluir y reconocer también a quienes allí trabajaron en condiciones, a menudo, muy complicadas y que fueron su principal motor.


El arte que recoge lo puramente estético sin contemplar una mirada histórica cuestionadora de una época, hecho o simplemente de nuestra forma de estar, es, al menos, reflejo de una realidad incompleta.


El grafiti de la loza de San Claudio nunca debería de haberse pintado en Martínez Vigil, si no en algún lugar de esta parroquia al oeste de Oviedo para recordar lo que fue, el valor de la industria en el desarrollo periférico de la ciudad, la riqueza que proporcionó al entorno y su triste deslocalización sin la menor protección por parte de las autoridades locales, autonómicas ni estatales. Mientras el grafiti de la loza de San Cloyo ilumina la bifurcación de Martínez Vigil y Gascona, la fábrica de loza languidece y se derrumba con el paso del tiempo. Algunos grafitis en la propia fábrica, ironías del destino, colorean sus paredes huérfanas y reclaman a su último gerente, Álvaro Ruiz de Alda, que no permita su deslocalización a Marruecos.



El elemento más singular de la industria ovetense cerró sus puertas en el 2009, cientos de trabajadores directos e indirectos perdieron sus empleos sin cobrar las últimas nóminas y su producción se deslocalizó a Marruecos para abaratar costes laborales. Mientras fábrica, moldes y su historia avanzan hacia el olvido y una muerte anunciada en las cercanías de la estación de Feve en San Claudio, un grafiti recuerda en el centro de Oviedo la bella narrativa de su loza. Una historia incompleta contada a través de una bella pintura deslocalizada de su entorno natural.

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