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Oralidad y ancianidad. La mejor lección


Ilustración de Joly Navarro, de la serie Abueland


En estos días en que nuestros ancianos y ancianas son el rostro visible de la pérdida por el covid 19, quiero recordarles por la significancia de sus vidas, historias, relatos compartidos o callados por las ausencias. Muchas personas viajeras que se acercan a Somiedo destacan, además de su belleza natural, las charlas con personas ancianas en sus tranquilos paseos por los pueblos. Al compartirlo, me sonrojo por mi necedad, pienso en el tiempo perdido, en las invenciones y convencionalismos de nuestra sociedad, reniego de las creaciones artificiales en el mundo rural y de tantos eventos y eventualidades, me río de la banda ancha, cuando, ni siquiera, somos capaces de acercarnos y escucharnos con nuestros mayores ni preguntarles, a ellos y ellas que representan nuestra última resistencia, cómo quieren que sean sus pueblos, como nos quieren para esa tarea. Los hemos, querido o no, arrinconado, abandonado en sus recuerdos sin importarnos demasiado. La sociedad acelera y nuestros ancianos y ancianas son, a menudo, un estorbo, ralentizadores de nuestra actividad frenética cuando importa más el aparentar que el ser.


Es el momento de vindicar su relevancia en nuestra historia, recuperar ese protagonismo extirpado. Cómo duele ver a tantos mayores en residencias, alejados de sus seres queridos, distanciados para siempre de aquellos lugares que los vieron nacer. Esta sociedad de consumo nos ha matado y esta pandemia nos recuerda el sonrojante abandono al que les estamos sometiendo. Quién no recuerda charlas interminables junto a su abuelo y abuela, en torno a una mesa camilla, escuchando relatos de juventud, penurias, luchas de supervivencia. En esos momentos, el tiempo hace un alto en el camino. La evasión es total y el éxtasis, absoluto. No hay en la vida, creo, momentos más épicos ni tan mágicos.

Es imperdonable el silencio al que hemos sometido a nuestros mayores, a un olvido que nos pasará factura. Se aceleran recuerdos de Olanchito en Honduras, de Karatu y Same en Tanzania o de los Campamentos de Personas refugiadas saharauis. Sus mayores, en contextos tan dispares, son venerados, escuchados, respetados. El camerunés Boniface Ofogo, habitual en nuestro Festival de narración oral de Somiedo, insiste en la importancia de las personas ancianas en su pueblo natal, el valor que tienen para su comunidad, la relevancia de sus relatos y su papel protagónico en la toma de decisiones. Cuando un anciano habla, el resto escucha atentamente. Amadou Hampaté Ba, escritor y etnólogo maliense, defensor de la tradición oral, decía “En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde, toda una biblioteca desaparece, sin necesidad de que las llamas acaben con el papel”.


De haber escuchado más a nuestros mayores, auténticos guardianes de nuestra tierra, de la tradición oral y de la memoria colectiva, quizás y sólo quizás, habríamos aprendido a cuidar mejor de nuestro vecindario, apostar por el bien común, mejorar el mundo en que vivimos. Aún estamos a tiempo de escucharnos. Si es así, habremos aprendido la mejor lección de esta pandemia.

Escribir, al menos una vez al mes, en el periódico asturiano La Voz del Trubia, me da la oportunidad de entrevistar a dos mayores de nuestro concejo somedano, Luis y Teresa, que viven con resignación y entereza la época del coronavirus.

Ojalá no llegue el virus, me comenta Luis Álvarez Álvarez, 88 años, nacido en el Coto de Buenamadre de Somiedo y uno de los pocos teitadores que quedan en el concejo. Hace 20 años dejó su Coto natal para instalarse en Pola de Somiedo junto a su mujer, María Teresa Álvarez García, de 82 años. Cuando le pregunto a Luis cómo viven el coronavirus, me dice: “¿Cómo lo voy a llevar? Mal. Al menos tengo la huerta, las gallinas, pero no puedo salir, sólo voy a hacer la compra a Casa Guillermo. Tengo la suerte de que un vecino me trae el periódico los domingos y el camión de la fruta y verdura para delante de casa dos días por semana. Además, de mi huerto, aún puedo aprovechar cebollas, berzas y puerros. Me muevo bastante entre las gallinas y el huerto y no paro, la verdad. Salimos todos los días a aplaudir a las 8 de la tarde”.


¿Qué es lo que más echas de menos, Luis? Que no tenemos donde echar el tiempo, comenta. Antes, subíamos al Coto a trabajar la huerta, ver los árboles, arreglar el tejado de la casa y las cabanas de teito. El 6 de marzo, me comenta orgulloso, renové el carnet de conducir en Grado por dos años pero de momento apenas puedo coger el coche.

Por su parte, María Teresa, me dice que no echa de menos salir durante el confinamiento. No soy de salir, dice, lo mío es ocuparme de la casa. En su caso, dedica el tiempo a coser, bordar, hacer ganchillo, escribir, pintar y un sinfín de manualidades. Aunque el corazón llore, la cara tiene que estar riendo, añade. No llegando la pandemia, no me afecta, aunque espero que las personas seamos responsables cuando podamos salir.

Durante la conversación, recuerda con añoranza la riqueza de la vida que había antiguamente en Somiedo, sobre todo la convivencia entre vecinos y vecinas. Ahora, si lo cuentas, suena a chirigota, añade. Ojalá no se pierda todo el saber de cómo se vivía en aquella época, la cantidad de cosas interesantes que vivimos y que no olvidemos una parte tan importante de nuestra historia.


El año bisiesto se relacionaba con malas cosas, argumenta María Teresa: “En año bisiesto, hambre, mortandades y malas calamidades”, decían a menudo su madre y su suegro que cuando se acercaba un bisiesto temían que les pasara algo. Me recuerda cómo su madre le contaba que el abuelo de Teresa le hablaba del “mal de moda” de 1917, conocido como la gripe española y que mató a más de 40 millones de personas en todo el mundo y 300.000 en España. La historia se acaba repitiendo, añade. Nada es nuevo. Mi madre decía, finaliza María Teresa, que durante el “mal de moda” no había dónde enterrar a los muertos.

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